El autor da en este artículo breves pero precisas pinceladas para atisbar las dimensiones tanto del complejo mundo del transporte, como de la red de consecuencias medioambientales
que supone.

 

 

Alfonso
Sanz Alduán



Geógrafo y experto en transportes


LA METÁFORA DEL ICEBERG es una buena aproximación a la difícil relación entre el transporte y el medio ambiente. De los problemas que ambos arrastran únicamente una pequeña parte emerge a la superficie de la opinión pública, mientras que el grueso de los conflictos queda sumergido en un proceloso y frío mar que deja pasar escasa luz y los oculta a nuestra vista.

El presente artículo tiene la intención de ofrecer unas recomendaciones sobre las gafas y el equipo para bucear que pueden facilitar la observación de esa masa de hielo sumergida que constituyen los problemas ambientales del transporte.

Por cierto que cuando se habla de transporte habitualmente se hace un doble ejercicio reductor que limita su comprensión desde el punto de vista del medio ambiente.



El transporte por tubería es uno de los más importantes que se realizan, ya que nos abastece de agua y combustibles derivados del petróleo.

Se olvida en primer lugar que el transporte es algo más que una actividad humana, realizada y planificada por seres humanos, sino un proceso consustancial a la biosfera y la geosfera de este planeta. En la naturaleza hay un gigantesco mecanismo de transporte vertical apoyado en los ciclos de la vegetación y hay también enormes masas de agua y materiales en movimiento en los ciclos del agua y en los desplazamientos del aire atmosférico.

Los humanos hemos aprovechado siempre ese transporte para nuestras necesidades; desde el movimiento del agua en los cauces de los ríos para el desplazamiento de personas y mercancías, hasta el movimiento del aire para el secado de la ropa o los alimentos, pasando por el movimiento migratorio anual de diversas especies animales que nos proporcionan diferentes utilidades. Pero todas esas modalidades se dan por añadidura y no se discuten cuando se habla de problemas ambientales de la movilidad o del transporte.

 

EL TRANSPORTE "SILENCIOSO"

Se olvida también un conjunto de actividades de plena procedencia y planificación humana, que se podría denominar como transporte "silencioso" por su escasa presencia en el ruido informativo actual. Se suele identificar al transporte con el que tiene lugar sobre la red viaria, los ferrocarriles y la aviación, pero bajo esta punta del iceberg flota, entre dos aguas, nunca mejor dicho, el transporte marítimo, que constituye en términos de toneladas desplazadas (toneladas–km), el medio de locomoción predominante en la actualidad en el mundo. En la Unión Europea, por ejemplo, contando sólo con las mercancías que se mueven entre los quince países, el transporte marítimo y fluvial representa el 44,5% del total de toneladas desplazadas, una cifra semejante a la que corresponde a la carretera.

Pero es que hay todavía una serie de modalidades de transporte que quedan todavía más sumergidas y ocultas a la visión que tenemos habitualmente de esta actividad humana como son el transporte por tubería o por cable. Para reconocer su importancia basta recordar que la mercancía más esencial, voluminosa y pesada que se desplaza en nuestras ciudades, el agua, se transporta por tubería: cada día llega a nuestros hogares cerca de media tonelada de agua limpia, que se marcha como sucia tan calladamente como había entrado.

Por tubería se desplazan también la mayor parte de los combustibles y productos petrolíferos, lo que significa que esta modalidad ha alcanzado ya en España al ferrocarril en términos de toneladas–km de mercancías desplazadas. De hecho, la mayoría de los desplazamientos de productos petrolíferos en el ámbito nacional, precisamente los productos que garantizan la movilidad del resto de los medios de transporte, se efectúa por oleoducto. Y por cable (eléctrico en este caso) también nos llega una importante fracción de la energía que consumimos.

 

ALGO MÁS QUE MOVIMIENTO: EL CICLO GLOBAL DEL TRANSPORTE

Al margen de esas modalidades de transporte, los propios desplazamientos de personas o mercancías en medios convencionales son también la punta de un iceberg de actividades y procesos que los hacen posibles. Para que se pueda producir el movimiento, con sus correspondientes impactos, hace falta que previa o posteriormente se generen otros impactos ambientales en lo que se ha denominado el ciclo global del transporte, es decir, el conjunto inseparable de fases requeridas para que realmente pueda producirse el desplazamiento y que, de una manera simplificada se pueden agrupar de la siguiente manera:

  • Fabricación del vehículo.
  • Construcción y mantenimiento de la infraestructura (por ejemplo, de las carreteras o ferrocarriles).
  • Circulación de los vehículos.
  • Mantenimiento y reparación de vehículos.
  • Gestión del sistema de transportes (por ejemplo, los sistemas de comunicaciones ferroviarios o la regulación y vigilancia de las carreteras).
  • Gestión de los residuos derivados de todas las fases anteriores (incluyendo por ejemplo el reciclado de los vehículos).

Un automóvil nuevo de una tonelada de peso requiere para su fabricación un consumo de 1,7 toneladas de petróleo, lo que representa aproximadamente un 15% de lo que va a consumir circulando a lo largo de su vida útil. Si a eso se añade por ejemplo el consumo energético y el impacto ambiental de las infraestructuras sobre las que circula o estaciona, se comprende claramente que la relación entre los desplazamientos y sus consecuencias ambientales no es más que otra expresión del iceberg. Cada vez que giramos la llave de encendido del vehículo todo el ciclo global de impactos y consecuencias ambientales aguanta bajo la superficie el peso de nuestro acción.

 


Los accidentes de tráfico son la trágica
punta del iceberg de un medio de
transporte que tiene, además, graves consecuencias medioambientales.

MEDIO AMBIENTE LOCAL/MEDIO AMBIENTE GLOBAL

Lo que ocurre es que cuando se habla del impacto ambiental de una actividad tan próxima y cotidiana como el transporte, es fácil olvidar que estamos afectados de modo directo por únicamente algunas de sus consecuencias, mientras que otras muchas repercuten en entornos lejanos a los que quizás no lleguemos nunca a viajar, influyéndonos indirectamente.

El ciclo global del transporte se combina así con las características globalizadas de algunas de sus consecuencias como el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono, la lluvia ácida, la pérdida de biodiversidad o la reducción de las reservas de recursos no renovables; las cuales afectan al ámbito local y al ámbito planetario en una compleja trama de procesos de cuyo funcionamiento conocemos sólo una ínfima parte.

Cuando utilizamos los medios de transporte motorizados para desplazarnos o para acceder a bienes y mercancías originarios de otros lugares hemos de asumir también nuestras responsabilidades de escala planetaria. Es por eso por lo que hace falta revisar críticamente la propaganda interesada sobre los denominados vehículos "ecológicos", "limpios" o "no contaminantes", los cuales en la mayoría de las ocasiones no evitan sino que desplazan los problemas en el espacio o en el tiempo.

Así ocurre, por ejemplo, con los automóviles eléctricos, que reducen drásticamente las emisiones de contaminantes en los lugares por los que circulan, pero que exigen la emisión de los mismos en las centrales que generan la electricidad o el combustible de hidrógeno que los mueve. O, también, con los vehículos accionados por un motor de gas natural, que dilapidan un combustible no renovable de gran calidad cuyas reservas estimadas alcanzan únicamente medio siglo de consumo en los niveles de utilización actual.

CONTAMINANTES OFICIALES/CONTAMINANTES DESCONOCIDOS

Al desconocimiento sobre los procesos ambientales de escala planetaria se une la gran oscuridad que rodea a los millones de sustancias químicas que introducimos con nuestra actividad cotidiana. Cuando circulamos con un automóvil expulsamos a la atmósfera más de un millar de sustancias diferentes de cuyos efectos individuales o combinados no tenemos ni siquiera una idea aproximada. Sólo unas cuantos de dichos elementos o compuestos químicos tienen una etiqueta clara como tóxicos, cancerígenos o dañinos para la salud humana o el medio ambiente. Sólo unos cuantos de ellos son medidos y controlados con un cierto rigor.

Sabemos que el monóxido de carbono (CO) es tóxico y agrava los desórdenes cardiacos; que los óxidos de nitrógeno (NOx) y el ozono (O3) irritan el aparato respiratorio; que el dióxido de azufre (SO2) afecta también al sistema respiratorio; que los aldehídos irritan ojos y vías respiratorias, además de ser sospechosos como carcinógenos; que el plomo y otros metales pesados son tóxicos para los seres humanos, los animales y las plantas; que el benceno (C6H6) y muchos de los hidrocarburos aromáticos polinucleares son carcinogenéticos. Pero ¿qué ocurre con los centenares y centenares de otras moléculas que provienen del uso de los vehículos y de la sopa de sustancias que respiramos cada día?

Si además se tiene en cuenta que nuestra exposición a la química se entronca con la alimentación, se puede comprender la dificultad de acusar o absolver a los distintos compuestos o combinaciones generados por el transporte de la sospecha de deteriorar nuestra salud. Aún así, diferentes estudios epidemiológicos han mostrado cómo la exposición a los contaminantes del tráfico está asociada a problemas respiratorios, en especial de los grupos más vulnerables de la población (niños, ancianos). La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, concluyó recientemente que cabe atribuir a la contaminación atmosférica causada por el tráfico una mayor mortalidad que los propios accidentes de la circulación. Según esa hipótesis mueren al año en Europa 80.000 personas por causa de la contaminación atmosférica causada por el tráfico.

ACCIDENTES: LA PUNTA ENSANGRENTADA
DEL ICEBERG DE LOS CONFLICTOS SOCIALES

La metáfora del iceberg es también útil a efectos de la representación de una serie de conflictos sociales vinculados o combinados directa o indirectamente con los de tipo ambiental. En efecto, existen una serie de consecuencias negativas del transporte que permanecen a la sombra de los accidentes producidos en los desplazamientos de personas. Los daños físicos y psíquicos que sufren quienes se accidentan son tan llamativos que se tiende a olvidar una serie de daños colaterales de gran relevancia como ahora se intentará mostrar.

De entrada lo que ocurre es que el número de muertos en los accidentes suele ser la cifra más fácil de obtener y difundir pero no la única que debe ser tenida en cuenta. En los siniestros ocurridos en 1999 en las carreteras españolas, por ejemplo, la cifra de 5.738 muertos producidos entre el momento del accidente y los 30 días posteriores tiene un cálculo relativamente sencillo a partir de los atestados realizados por los distintos cuerpos policiales que intervienen en los mismos.

Pero conforme disminuye la gravedad de los accidentes aumenta el número de los que se escapan a la estadística oficial. Numerosos accidentes leves se traducen en ingresos o visitas hospitalarias que los partes policiales no registran; en muchas ocasiones los daños son sentidos o evaluados en su adecuada dimensión con posterioridad al accidente, al finalizar la jornada o en los días sucesivos. Este fenómeno da lugar a lo que se denomina "infrarregistro" que puede alcanzar cifras muy elevadas y que formaría parte de un bloque de hielo semisumergido del iceberg en el que se apoyan los accidentes "oficiales".

Debajo de esa capa se pueden vislumbrar otras consecuencias negativas de la accidentalidad, como la generación de miedo y preocupación por la eventualidad de los daños a uno mismo y a los allegados. El miedo y la preocupación se traducen en cambios de comportamiento individuales que, por acumulación, se generalizan y convierten en la regla de actuación. Así ocurre dramáticamente, por ejemplo, con la paulatina expropiación del espacio público por parte de los automóviles, en detrimento de la autonomía de los niños o los ancianos para utilizar las calles.

Ante el aumento del peligro percibido, los adultos restringen los movimientos independientes de los niños, los cuales dejan de ir solos al colegio o a sus actividades recreativas o extraescolares y requieren ser acompañados en desplazamientos que antes les permitían el conocimiento de su espacio, la socialización y el inicio de su vida comunitaria. Estos acompañamientos de niños tienden a realizarse en automóviles generando, en círculo vicioso, una mayor peligrosidad en las calles y un mayor impulso para que otros padres restrinjan la autonomía de sus hijos y se sumen a la espiral de peligro y motorización.

Al final, el espacio público deja de ser multifuncional y apropiado para el conjunto de manifestaciones de la vida ciudadana, convirtiéndose en un espacio dominado por el imperio de los vehículos y la circulación; un espacio en el que no cabe ni la comunicación vecinal, ni la socialización, ni la cooperación que forman la esencia de la vida urbana; la ciudad como espacio propicio de la cohesión social se reinterpreta como espacio de las redes y las islas que éstas conectan; un espacio que deja de ser nuestro para ser gestionado por instituciones y empresas, en el que prima el beneficio "económico" particular frente a valores de tipo ambiental o social.

En conclusión, la suma de todos los icebergs señalados más arriba, y de otros que podrían completar la metáfora, configura un paisaje de consecuencias ambientales y sociales repleto de escollos e incertidumbres. En ese paisaje navega nuestro sistema de transportes con la ceguera de un transatlántico que no puede detectar más que las masas emergentes.

Quizás para algunos haga falta comprobar o medir con mayor precisión todos y cada uno de los efectos ambientales o sociales de la movilidad, pero para otros, entre los que se cuenta el autor de estas líneas, las evidencias puestas ya sobre la mesa, junto a las características limitadas del planeta, exigen una acción inmediata para reorientar los modelos de movilidad y las tendencias en curso. En especial, son los países hipermotorizados, aquellos en los que se desarrolla unas pautas de hipermovilidad imposibles de extender al conjunto del planeta, los que deben iniciar un cambio de rumbo para evitar el choque con ese conjunto de icebergs que navegan ya en nuestra proximidad.

 

presentación | en portada | agenda | econoticias | cuaderno de bitácora | trabajando en equipo | eco-auditoría
manos a la obra | a vista de pájaro | el mirador | a nuestro aire | y la familia...¿qué? | recursos a mano | PDF

inicio | sumario | presentación | otros números | suscripción | contactar

IHITZA. Por una escuela ecológica.

seleccion_idiomas

 

 

CEIDA. Centros de Educación e Investigación Didáctico Ambiental.


Fecha última revisión: 03/06/2002.
DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN, UNIVERSIDADES E INVESTIGACIÓN.
DEPARTAMENTO DE ORDENACIÓN DEL TERRITORIO Y MEDIO AMBIENTE.
homepage indice