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Michela Mayer
Investigadora del Centro
Europeo de la Educación.
Frascati (Roma)

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De las cosas y de las rosas, tenemos sólo los nombres, nos recuerda Umberto Eco en El Nombre de la Rosa, y los nombres y las palabras son un instrumento propio de la especie humana para acceder a las cosas, para construir representaciones y mapas del mundo que nos rodea.

¿Diversos términos corresponden por lo tanto a diversas representaciones del mundo? Quizás en el pasado, pero ya no. En los últimos años hemos asistido a una transformación tan rápida de significados, hacia un nomadismo de las palabras, de paradigmas, de una visión del mundo a otra, hasta el punto de no reconocer ya los mapas sobre los que nos estamos moviendo.

Pensemos en el término globalización: ahora sinónimo de la extensión planetaria del mercado, que hasta hace pocos años identificaba una representación ambientalista y participativa del mundo. Pensar globalmente y actuar localmente era, y es todavía, uno de los principios sobre los cuales se fundamenta la Educación Ambiental, pero quien representa en la práctica los valores que la guían es el movimiento antiglobalización y no la globalizada McDonald's.

Calidad es otro término que nos ha sido robado: la calidad de la vida, del medio ambiente, de la educación, ha sido y es todavía, el centro de un pensamiento ambientalista que ve en el progreso cualitativo de la especie humana, en lugar del crecimiento cuantitativo, la posibilidad de continuar viviendo en nuestro planeta. Sin embargo la calidad total propuesta por las empresas tiene poco que ver con nuestra idea de calidad, y las propuestas de certificación de calidad que pretenden tratar los servicios educativos o sociales como productos comerciales o como fábricas, continúan confundiendo cantidad y calidad (sobre todo en los resultados) y soterran las personas y la calidad de las relaciones bajo el peso de los números y de los procedimientos formales.

Las palabras desarrollo sostenible constituyen pues una contradicción en términos, que ha sido usada en estos años también para legitimar viejas prácticas e impedir la crítica. Ambas palabras deben ser, sin embargo, sometidas a una revisión crítica permanente: una porque está ligada al crecimiento cuantitativo y económico y otra porque propone una visión del planeta sólo como reserva de recursos, y no pone verdaderamente en discusión un mundo reglado por y para el mercado. En resumen, las palabras que usamos todos los días en la Educación Ambiental, en menos de diez años han sido cambiadas ante nuestros propios ojos, a menudo sin que nos diéramos cuenta siquiera. El problema no es la transformación de significado: la evolución cultural así como la evolución biológica no pueden ser frenadas, y las palabras adquieren o pierden significados según los objetos y las experiencias concretas para las cuales se utilizan. El problema es no darse cuenta y seguir utilizándolas como si no hubieran cambiado, junto a los significados, también las prácticas de vida y las representaciones del mundo.

En un planeta cada vez más homogeneizado estamos perdiendo, junto a la biodiversidad, también las diversidades culturales: usamos en todo el mundo las mismas palabras, sin preguntarnos qué significan para nosotros, aquí y ahora; a veces utilizamos incluso los términos ingleses porque parecen más internacionales y no nos damos cuenta que de este modo no sólo se empobrece nuestro lenguaje, sino también la realidad sobre la que se fundamenta y lo que representa.

Así como Augè llama no lugar un espacio en el cual cualquiera que lo atraviesa no puede leer nada de su identidad (de su relación consigo mismo), ni de su relación con los otros..., en la Educación Ambiental debemos comenzar a darnos cuenta de la difusión, también a través del lenguaje, de las no culturas, o sea de todas aquellas construcciones humanas que no se fundamentan en la diferencia sino en la homogeneización.

Así como los no lugares son las Disneyland, los centros vacacionales, los centros comerciales y todos aquellos sitios en los cuales se encuentra aquello que se esperaba encontrar, del mismo modo las no culturas son representadas por la publicidad, por los formatos televisivos, por los videos musicales, todos dirigidos al mercado global, en los cuales no hay producción del conocimiento, intuiciones, reflexiones, sino reconocimiento y reciclaje de cuanto ya se conoce y se consume. El peligro real es que mientras las culturas (científica o artística, occidental u oriental...), cada una a su modo, han llevado adelante un discurso de reconocimiento de sus propios límites y una forma de asumir su responsabilidad respecto a las imágenes del mundo que contribuyen a construir, en un mundo globalizado las no culturas, aparentemente, no conocen límites y ofrecen por lo tanto nuevas certezas y horizontes. Límites y libertad son en efecto en este nuevo siglo palabras en contraposición, y la libertad es vista sobre todo como libertad en negativo, como libertad de restricciones, y no como efectiva posibilidad de ser, actuar e intervenir en la sociedad.

La Educación Ambiental puede llevar a cabo una labor de construcción de conocimiento complejo, de resistencia al reduccionismo y a la homogeneización, sólo si evita sustituir el simplismo tecnocientífico con el simplismo ecológico, para construir en su lugar la capacidad de discutir críticamente no las soluciones sino las representaciones de los problemas y reflexionar por tanto sobre la palabras y sobre aquello que representan.

Los aborígenes australianos piensan que sus antepasados han creado el mundo a través de las palabras y los cantos, y también nuestras religiones en el mundo occidental ponen el verbo, la palabra, en los orígenes de la creación. Tengamos cuidado entonces de no perder, junto a los significados de la palabras, el mundo que a través de ellas estábamos soñando crear.

   
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Fecha última revisión: 03/06/2002.
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