De las cosas y de las rosas,
tenemos sólo los nombres, nos recuerda Umberto Eco en El
Nombre de la Rosa, y los nombres y las palabras son un instrumento
propio de la especie humana para acceder a las cosas, para construir
representaciones y mapas del mundo que nos rodea.
¿Diversos términos corresponden
por lo tanto a diversas representaciones del mundo? Quizás
en el pasado, pero ya no. En los últimos años hemos
asistido a una transformación tan rápida de significados,
hacia un nomadismo de las palabras, de paradigmas, de una visión
del mundo a otra, hasta el punto de no reconocer ya los mapas
sobre los que nos estamos moviendo.
Pensemos en el término globalización:
ahora sinónimo de la extensión planetaria del mercado,
que hasta hace pocos años identificaba una representación
ambientalista y participativa del mundo. Pensar globalmente y
actuar localmente era, y es todavía, uno de los principios
sobre los cuales se fundamenta la Educación Ambiental,
pero quien representa en la práctica los valores que la
guían es el movimiento antiglobalización y no la
globalizada McDonald's.
Calidad es otro término
que nos ha sido robado: la calidad de la vida, del medio ambiente,
de la educación, ha sido y es todavía, el centro
de un pensamiento ambientalista que ve en el progreso cualitativo
de la especie humana, en lugar del crecimiento cuantitativo, la
posibilidad de continuar viviendo en nuestro planeta. Sin embargo
la calidad total propuesta por las empresas tiene poco que ver
con nuestra idea de calidad, y las propuestas de certificación
de calidad que pretenden tratar los servicios educativos o sociales
como productos comerciales o como fábricas, continúan
confundiendo cantidad y calidad (sobre todo en los resultados)
y soterran las personas y la calidad de las relaciones bajo el
peso de los números y de los procedimientos formales.
Las palabras desarrollo sostenible
constituyen pues una contradicción en términos,
que ha sido usada en estos años también para legitimar
viejas prácticas e impedir la crítica. Ambas palabras
deben ser, sin embargo, sometidas a una revisión crítica
permanente: una porque está ligada al crecimiento cuantitativo
y económico y otra porque propone una visión del
planeta sólo como reserva de recursos, y no pone verdaderamente
en discusión un mundo reglado por y para el mercado. En
resumen, las palabras que usamos todos los días en la Educación
Ambiental, en menos de diez años han sido cambiadas ante
nuestros propios ojos, a menudo sin que nos diéramos cuenta
siquiera. El problema no es la transformación de significado:
la evolución cultural así como la evolución
biológica no pueden ser frenadas, y las palabras adquieren
o pierden significados según los objetos y las experiencias
concretas para las cuales se utilizan. El problema es no darse
cuenta y seguir utilizándolas como si no hubieran cambiado,
junto a los significados, también las prácticas
de vida y las representaciones del mundo.
En un planeta cada vez más
homogeneizado estamos perdiendo, junto a la biodiversidad, también
las diversidades culturales: usamos en todo el mundo las mismas
palabras, sin preguntarnos qué significan para nosotros,
aquí y ahora; a veces utilizamos incluso los términos
ingleses porque parecen más internacionales y no nos damos
cuenta que de este modo no sólo se empobrece nuestro lenguaje,
sino también la realidad sobre la que se fundamenta y lo
que representa.
Así como Augè llama
no lugar un espacio en el cual cualquiera que lo atraviesa no
puede leer nada de su identidad (de su relación consigo
mismo), ni de su relación con los otros..., en la Educación
Ambiental debemos comenzar a darnos cuenta de la difusión,
también a través del lenguaje, de las no culturas,
o sea de todas aquellas construcciones humanas que no se fundamentan
en la diferencia sino en la homogeneización.
Así como los no lugares
son las Disneyland, los centros vacacionales, los centros comerciales
y todos aquellos sitios en los cuales se encuentra aquello que
se esperaba encontrar, del mismo modo las no culturas son representadas
por la publicidad, por los formatos televisivos, por los videos
musicales, todos dirigidos al mercado global, en los cuales no
hay producción del conocimiento, intuiciones, reflexiones,
sino reconocimiento y reciclaje de cuanto ya se conoce y se consume.
El peligro real es que mientras las culturas (científica
o artística, occidental u oriental...), cada una a su modo,
han llevado adelante un discurso de reconocimiento de sus propios
límites y una forma de asumir su responsabilidad respecto
a las imágenes del mundo que contribuyen a construir, en
un mundo globalizado las no culturas, aparentemente, no conocen
límites y ofrecen por lo tanto nuevas certezas y horizontes.
Límites y libertad son en efecto en este nuevo siglo palabras
en contraposición, y la libertad es vista sobre todo como
libertad en negativo, como libertad de restricciones, y no como
efectiva posibilidad de ser, actuar e intervenir en la sociedad.
La Educación Ambiental puede
llevar a cabo una labor de construcción de conocimiento
complejo, de resistencia al reduccionismo y a la homogeneización,
sólo si evita sustituir el simplismo tecnocientífico
con el simplismo ecológico, para construir en su lugar
la capacidad de discutir críticamente no las soluciones
sino las representaciones de los problemas y reflexionar por tanto
sobre la palabras y sobre aquello que representan.
Los aborígenes australianos
piensan que sus antepasados han creado el mundo a través
de las palabras y los cantos, y también nuestras religiones
en el mundo occidental ponen el verbo, la palabra, en los orígenes
de la creación. Tengamos cuidado entonces de no perder,
junto a los significados de la palabras, el mundo que a través
de ellas estábamos soñando crear.